Archivo para 28 de Agosto de 2007

La pluma y el balón: dos móviles para engendrar Arte

“El talento, en buena medida, es una cuestión de insistencia”

Recordando a Francisco Umbral, y reteniendo tristemente en la memoria al malogrado Antonio Puertas (hoy somos todos un poco ‘sevillistas’), quiero hacer un ‘copy & paste’ de uno de sus artículos, publicado en el diario El Mundo de diciembre de 2005, titulado “La España de Di Stéfano”:

francisco umbral“Escribe uno esta cosa de hoy bajo lo que pudiéramos llamar la angustia Di Stéfano. El corazón raudo del futbolista universal duda entre la vida y la muerte. La presencia de Di Stéfano en los periódicos nos ha retrotraído a muchos, a todos, hacia la España de Di Stéfano, aquella España de los 50, enfrutecida cada día por la memoria colectiva de una Guerra Civil recién resuelta, pero persistente e implacable. Todavía hay herencias hostiles que creemos de nuestra memoria, pero que realmente son la España de Di Stéfano y como tal pasarán a los tiempos, como si Di Stéfano hubiera sido un rey godo.

Toda la semana, todo el calendario, giraba en torno al milagroso atleta argentino, que tuvo la simpatía de toda España, aunque él no iba precisamente de simpático. Se le llamó «la saeta rubia», porque un hombre se hace inmortal cuando la lírica se apodera de su nombre pavonado por la publicidad.

En los años de la saeta rubia España pasaba hambre, inseguridad, miedo, mediocridad, respiraba una tristeza ambiente que estaba en todas las caras. Pero ahora no recordamos nada de aquello, sino que llegábamos a la oficina con prisa de abrir el periódico y ver lo que decía de Di Stéfano, de su última proeza, de sus goles de tacón, de un domingo glorioso como lo eran todos los domingos gracias a Di Stéfano.

No sólo la lírica, como hemos dicho, sino también la filosofía hizo un alto para estudiar al futbolista. Decían que el tacón, aquel tacón mágico de meter los goles, era el punto donde residía la genialidad de Di Stéfano. Mientras tanto, estaba todo prohibido, España era una inmensa prohibición, una escasez, una digna o indigna pobreza en la que todos los cajones estaban abiertos y vacíos, con una última rodaja de chorizo revenido abandonada por el obrero o el oficinista que huyendo de su casa creía huir del hambre y del tiempo, porque estas cosas, en el recuerdo, siempre las generalizamos, cuando son realísima particularidad de nuestra biografía con jersey.

El hambre colectiva era una catástrofe callada y nacional, la miseria era una epidemia local, la escasez era un mal del barrio, porque en otros barrios, sin duda, se esponjaba, al sol de la vida, la abundancia, el ocio, la alegría brusca de vivir. Di Stéfano fue la bandera nacional que entonces nadie disputaba. Di Stéfano fue el mito de la tribu cuando la tribu había sido asesinada colectivamente por un comando de vencedores.

Los hombres se olvidaron de las mujeres, de otros deportes, de los amigos, porque ya no había amigos sino contertulios, fanáticos de Di Stéfano a favor o en contra, pero todos fanáticos. España fanatizada por un extranjero que corría mucho y el país abandonado a las carencias cotidianas, los niños, muertos ya, en la fotografía con balón que les hiciera el colegio. Mazurcas del cupón prociegos, «los grises de Franco» o sea la Policía Nacional a caballo, un padre muerto aquí en Madrid y otro en provincias.

Una cosa parecida iba a pasar con Manolete a partir del 58. Nos creábamos dioses porque el bacalao estaba muy caro y había que dejarlo pudrirse en la tienda. Todos éramos angelitos negros y por la radio -la televisión no existía- nos cantaba Machín. Lo que mejor duerme a un niño con hambre es más hambre”.

1 comentario 28 de Agosto de 2007


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