«Zaragoza y la Corona de Aragón», por Domingo Buesa


zgz corona aragonf - "Zaragoza y la Corona de Aragón", por Domingo BuesaDomingo J. Buesa Conde | Artículo publicado en Heraldo de Aragón el día 29 de enero de 2010

A lo largo de los últimos meses hemos vivido un incremento del sentimiento aragonés, coincidente con el descubrimiento de los restos de Pedro III, en el Panteón de Santes Creus, y provocado por el rechazo a las palabras del Consejero de Cultura de la Generalitat catalana, que destrozó en su comparecencia todo lo que han dicho los manuales más importantes de Historia medieval. De aquel suceso se han ido derivando muchas protestas, e incluso propuestas para denominar “Corona de Aragón” al nuevo estadio de fútbol que se construirá en Zaragoza.

También se han incendiado los rescoldos del complicado litigio de los Bienes que la diócesis de Lérida ocultó en un Seminario y acabó encerrando en un Museo diocesano, con el único fin de contribuir a dotar de discurso visual la reivindicación del catalanismo. Desde la creación de la diócesis de Barbastro-Monzón, en 1995, se produce una continuada reclamación de un centenar de piezas, joyas artísticas de constatada titularidad aragonesa, en un proceso que ha provocado incluso la desobediencia de los eclesiásticos catalanes ante el Vaticano, empecinados en no devolver ni una sola pieza.

Y, recientemente, saltó a los medios de comunicación un tercer litigio entre los aragoneses y la ciudad de Barcelona; cuando su alcalde se lanzó a promover las Olimpiadas de Invierno del año 2022, contra la aspiración aragonesa centrada en el eje Jaca-Huesca-Zaragoza; las tres ciudades que fueron sucesivamente capitales del Reino de Aragón. Los ciudadanos mediterráneos se alegraban de que al final hubiera un “proyecto Catalunya”, mientras desde el interior los internautas anunciaban que opinarán “lo contrario a lo que diga Laporta”, seguros de su catalanismo excluyente. Una vez más, volvía a resurgir el intento catalán de asumir la nevada marca “Pirineos”, cuya historia es más aragonesa según el francés Lucien Briet, y que utilizan en cuanto se puede, hasta para dar nombre a alguna estación del AVE con el mismo o incluso menos derecho que Zaragoza.

Estas tres cuestiones nos ponen en alerta de cómo se está consolidando un catalanismo, construido sobre la dimensión del hecho cultural, la creación civilizadora, el prestigio de la Cultura. Y en los tres casos, como ocurre desde hace años, estamos discutiendo sobre ideas y defendiendo bienes, materiales e inmateriales, que se han convertido en pilares de su identidad como pueblo.

Por eso, cuando nos asombra su facilidad en construir un criterio que los cohesione y refuerce, lo primero que debemos entender es que vivieron un proceso que no tuvimos en Aragón, quizás por ser victimas de una nobleza que no quiso apostar por el futuro y que se encerró en las palabras del conde de Sástago: “lo que hace falta en Aragón es gente que labre los campos, gente que sirva a los ricos. Gente que sepa… ¿para qué?”. Cuando este poderoso noble, en 1581, decía que el estudio sólo aumentaba el número de vagos, estaba trazando un equivocado camino que nos llevaría a los aragoneses al fracaso, por no entender que el “ser” ciudadano es sólo una categoría alcanzable en la participación, en el interés por lo colectivo, desde la cultura… Por el nefasto individualismo de la nobleza perdimos el tren de la modernidad y sólo pudimos retomarlo gracias a una burguesía industrial que- en el tránsito del 1900- entendió desde Zaragoza que ese paso había que darlo, pero tres siglos después.

Pero, en ese momento, la sociedad catalana ya vivía un segundo momento de autoafirmación protagonizado por destacados intelectuales de la Iglesia. Como el obispo Messeguer que, en 1893, fundó el Museo Católico de Lérida con obras arrebatadas de los viejos territorios aragoneses –espacio de potente cultura románica y gótica- alegando que eran necesarias para que sus seminaristas aprendieran la importancia de la iglesia catalana en la creación de la cultura medieval. Nada más y nada menos.

Pero, no era una acción aislada. Respondía al pensamiento del obispo Morgades -obispo de Vic, administrador de Solsona y obispo de Barcelona-, que pertenecía a un grupo de intelectuales de la Renaixença, empeñados en la búsqueda de sus raíces, en recuperar el patrimonio artístico catalán y en difundir esa identidad desde espacios como la Exposición Universal de 1888, o por la fundación de museos como el de Vic (1889) y el de Solsona en 1896. No es difícil adivinar que, con estos antecedentes, van a defender estas piezas con uñas y dientes, aunque el derecho nos asista, máxime cuando recientemente han pasado de primar el enfoque cultural sobre el político a todo lo contrario.

Pero, no es menos llamativo el continuado proceso de intentar configurar la sociedad de acuerdo con ese sentimiento historicista que, en el romanticismo, intentó dar cuerpo a una nacionalidad catalana. Me refiero al momento en que nace ese mito de la historiografía contemporánea que –junto con el del “carácter originario” de Castilla que tanto gustaba a Menéndez Pidal- denominaron “Corona catalano-aragonesa” y que, como escribió el recordado profesor Ubieto, era constatación de un cierto complejo de inferioridad proporcionado por “el hecho de no haber existido nunca el reino de Cataluña y si el condado de Barcelona”. Y eso duele mucho, incluso mañana.

Cuando alguien habla de la Corona catalano-aragonesa, además de no usar el término correcto está generando un agravio con la historia compartida por tres grandes territorios: Aragón, Cataluña y Valencia, unidos solamente por la persona del monarca pero empeñados en pervivir juntos hasta el punto que Jaime II, en 1319, dispusiera que nunca se pudieran separar -autorizando a sus súbditos a alzarse contra el rey que faltara a este mandato-, o hasta demostrarse en el Compromiso de Caspe, tal como ha escrito José Luis Corral, que se aceptó lo acordado para mantener la unidad bajo un mismo monarca.

Está equivocado el Conseller catalán y demuestra desconocer lo más básico al hablar de la Corona catalano-aragonesa. No hace falta recordarle que hay documentos escritos “el año cuando el conde de Barcelona tomó mujer a la reina de Aragón” (1151), ni que el rey Fernando II de León firma un tratado de paz (1162) con “Alfonso, por la gracia de Dios, rey de Aragón y conde de Barcelona”. Y es que ese rey también era conde de Barcelona, como heredero de ese Ramón Berenguer IV que fue obsequiado con el título de Príncipe de Aragón para poder casar con la reina Petronila, hija de Ramiro II el Monje, en 1137.

Se nota que tampoco ha leído a algunos autores catalanes como Martí de Riquer que explican que la leyenda de las barras catalanas se inventó después del siglo XVII. Y que desconoce que el origen de su error está en un tendencioso librito del archivero Antonio Bofarull, titulado “La Confederación catalano-aragonesa”, premiado por el Ateneo catalán en 1869. Incluso habrá que explicarle que poco antes, Próspero Bofarull había editado el “Libre del Repartiment del regne de Valencia” ocultando todas las referencias a los aragoneses que habían ido a la conquista de Valencia, razón por la cual mintió al asegurar que esa empresa era catalana ignorando la importante aportación jacetana.

Desde 1856, el año de la puerilidad del archivero empeñado en sentar las bases del mapa de los països catalans, ha pasado más de siglo y medio pero seguimos tolerando con tibieza este intento de manipular la historia, sin empeñarnos en defender la verdad. Debemos aprender de los vecinos y es absolutamente necesario que nos planteemos el problema y que definamos un buen espacio para hacerlo. Quizás la ciudad de Zaragoza, en cuya catedral se coronaba al rey. No en vano decía Pedro IV que “los reyes de Aragón están obligados a recibir la unción en la ciudad de Zaragoza, que es la cabeza del Reino de Aragón, el cual reino es nuestra principal designación y título”.

El único medio de afirmar nuestra identidad es defender lo que conocemos. En consecuencia hay que mejorar la formación de los ciudadanos, potenciar la Sociedad del Conocimiento y lograr que nuestros jóvenes tengan clara la secuencia de nuestro caminar histórico. Hay que conseguir que los aragoneses tengamos un conocimiento de nuestra historia serio, exacto, sin leyendas, sobre el que se asiente el convencimiento de que todos formamos parte de un proyecto común, que a todos nos interesa y del que todos nos beneficiamos. Un conocimiento que podrá tener sus mejores referentes desde Zaragoza, en un escenario urbano con nuestras mejores señas de identidad. El fomento de una cultura propia como valor y como garantía de seguridad, será el motor de la satisfacción y el camino a la innovación permanente.

Por eso, en estos tiempos claves para la construcción de un nuevo mundo que viene a sustituir esa sociedad que se nos ha derrumbado entre las manos, que ha sucumbido en una crisis de pánico ante la pobreza personal y familiar, es necesario que recuperemos el compromiso con nuestro pasado, su defensa y el mantenimiento de los valores que hicieron posibles los mejores momentos de nuestra historia. Sin duda, es bueno que un sentimiento de protesta sacuda a los ciudadanos cuando se intenta manipular su historia. Es bueno que nos sintamos obligados a defender las cosas que son nuestras porque las sentimos nuestras.

El sentimiento de Zaragoza como capital de Aragón, como lo que siempre ha sido desde el siglo XII, debe ser uno de los ejes de vertebración del futuro y un compromiso de generosidad con todos los aragoneses. La cita es ineludible y los deberes los tenemos que acabar antes del año 2018, momento en el que celebraremos el IX Centenario de la conversión de Zaragoza en capital del Reino de Aragón.


Comentarios (3)

  1. Juan Jesús Gargallo dice:

    Leo ocho años después de estar escrito este magnífico artículo, parece una paradoja pero está más vigente ahora que hace ocho años. Me ha gustado mucho la frase «DEFENDER LO QUE CONOCEMOS», demoledor. Enhorabuena por escribir así, por pensar así.

  2. BBB dice:

    De aquellos polvos, estos lodos

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