Real Academia de San Luis: Conmemorando 218 años de historia


ea ranba sanluis - Real Academia de San Luis: Conmemorando 218 años de historiaTal día como hoy, en el año 1792, se fundó la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, que actualmente preside el Excmo. Sr. D. Domingo J. Buesa Conde, gracias a la labor del Conde de Aranda, quien obtuvo, tras 38 años continuos de razonadas peticiones de sus sobrinos Vicente y Ramón Pignatelli y Moncayo (hijos de los condes de Fuentes), el deseado Real Decreto de Carlos IV, gracias también al apoyo de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, fundada en 1776.

Por ello, en este día tan especial para sus señores académicos y para toda la sociedad zaragozana y aragonesa, publico a continuación un texto de Adolfo Castillo Genzor, académico de San Luis desde el 20 de noviembre de 1955 hasta el día de su fallecimiento en Zaragoza el 8 de octubre de 1988, cuyo libro editó la propia Real Academia en su CLXXXVIII aniversario, en 1980, correspondiente al apartado «Síntesis histórica»:

«La creación –en 1749– de la Real Academia de San Fernando, cuya apertura tuvo lugar en Madrid en 1752, fue el antecedente inmediato del establecimiento en Zaragoza de la Real Academia de San Luis. Mas para ésta no se presentaron las cosas tan fáciles como para la Corporación madrileña. Por lo pronto, hubo de sufrir antes un largo calvario de desdenes, de rechazos, que da principio en 1754, año en que el nombre zaragozano Vicente Pignatelli Moncayo, hijo de los condes de Fuentes, alcanzó del obnubilado y triste Fernando VI la regia licencia para organizar, y presidir, una a modo de junta preparatoria de la pretendida Academia, junta que tropezó con toda suerte de imponderables, disolviéndose al cabo de no mucho tiempo sin haber logrado nada práctico, supuesto que su entusiasmo inicial se hizo trizas ante la renuente actitud de los ministros fernandinos, cuya fobia contra Aragón neutralizó la buena disposición del monarca.

Igual resultado tuvo una segunda intentona, realizada diecisiete años después por otro Pignatelli –Ramón–, quien fracasó en 1771 por la misma causa que su hermano Vicente: el deseo de Floridablanca de hacer a Zaragoza víctima de más desplantes de metomentodo.

Más afortunado fue el tercer envite fundacional, patrocinado por el Conde de Aranda, que triunfó donde fueron vencidos sus sobrinos Vicente y Ramón, de tal suerte que pese a la oposición declarada de Floridablanca logró arrancar de Carlos IV, en 17 de abril de 1792, el suspirado decreto de fundación de la «Real Academia de las tres Nobles Artes de San Luis», conseguido al cabo de 38 años continuos de razonadas peticiones, de súplicas constantes.

En el largo intervalo transcurrido entre lo pretendido por los Fuentes y lo que Aranda conquistó para Zaragoza se produjeron en la capital aragonesa dos hechos importantes. De una parte, la fundación de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, en 1776; de otra, la de la nueva Escuela de Dibujo, que la expresada Entidad puso bajo los auspicios y dirección de su socio benemérito don Juan Martín de Goicoechea, Caballero de Carlos III y propulsor que fue de la industria textil zaragozana, quien halló acomodo decente y capaz para la Escuela en las salas bajas del palacio renacentista de los Zaporta, sito en la calle Alta de San Pedro, en el que residió no mucho antes María Teresa de Vallabriga y Drumond, viuda del Infante don Luis de Borbón y Franesio, hermano menor del rey don Carlos III. Por su gran patio plateresco, vendido al extranjero y rescatado al cabo de cincuenta y cinco años por el mecenazgo de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, se fueron habituando los alumnos de la Escuela tutelada por la Económica al quehacer artístico de los artífices más ilustres del Quinientos aragonés. Semilla y cimiento, en lo escolar y docente, de la Academia de San Luis, ésta no hubiera nacido sin la previa natividad de aquélla, cuyos profesores y alumnado quedaron encuadrados en la Real de San Luis, al inaugurar sus actividades el 11 de abril de 1793.

Se impartieron desde entonces en sus aulas las enseñanzas de Pintura, Arquitectura, Escultura y Grabado, a nivel parejo con la Academia de San Fernando, con la cual tenía relación de hermandad y reciprocidad, por funcionar ambas a nivel de las Escuelas Superiores de Bellas Artes. La de San Fernando lo conserva todavía. En cuanto a la de San Luis fue Isabel II la culpable de la peor injuria hecha al Arte y a la Cultura de Aragón, al desmontar su labor pedagógica en virtud de un real despacho que lleva la fecha de 31 de octubre de 1849. Un ministro de Fomento isabelino –Seijas– sería el verdugo que ajustició a la Real Academia de San Luis como órgano rector de cultura artística superior. Otra real disposición, la del 17 de mayo de 1850, se completaría con una tercera, la del 13 de agosto del mismo año, con respecto al número «clausus» de académicos, y también a su distribución en secciones, innovación ésta que todavía continúa, aunque con acusadas diferencias de matiz y de contenido.

En un principio, y al nacer la Academia a la sombra, y como hijuela, de la Real Sociedad Económica Aragonesa, los socios de ésta la rigieron y gobernaron, nutriendo las filas de la de San Luis como miembros de honor muchos de ellos, aunque no todos, ya que para acceder al rango académico era precios acreditar antes «ser persona de distinguido carácter, amor a las Artes y celosa del bien público». Su número, por tanto, era variable, repartido en dos clases o compartimientos. Los académicos de honor, ya dichos, y los de mérito, elegidos entre los profesionales de las Bellas Artes de reputación más lograda.

La reforma de 1850 redujo los cuadros académicos a veintitrés individuos tan sólo, repartidos en dos grupos numéricos iguales, con cuatro secciones, presididos por un director y dos consiliarios. Los diez eruditos formaban sección propia, y los profesionales, también en número de diez, se repartían las demás secciones de pintura (5), escultura (2) y arquitectura (3).

La precedente estructuración se mantendría sin variación alguna notable hasta la aprobación de los Estatutos vigentes, por decreto de 26 de julio de 1933. Tras de su publicación en la «Gaceta» del 3 de agosto del mismo año, han sido y son desde entonces la carta legal en la que se apoya la actual estructura académica de la Real Academia Aragonesa de Nobles y Bellas Artes de San Luis, la cual quedó organizada en cinco secciones (Arquitectura, Escultura, Pintura, Música y Literatura), compuesta cada una de cinco miembros, tres profesionales y dos de carácter erudito. Un director y dos vicedirectores completan los veintiocho individuos que integran los actuales cuadros académicos.

Novedad importante la constituye la creación de Académicos delegados de número variable, supuesto que podrán ser nombrados en todas o en algunas de las ciudades aragonesas, a excepción de Zaragoza, la capital. Hasta ahora sólo Teruel, Huesca, Calatayud, Tarazona y Barbastro cuentan con representación en el seno de la Academia, por haber hecho ésta uso de las facultades que le confieren los artículos 4º y 10º del antedicho Reglamento.

La Academia ha mantenido la categoría superior de Académico de Honor no –especificada en el Reglamento de 1933– para condecorar con la misma a las ilustres personalidades que por alguna causa se hayan hecho acreedoras a este singular galardón. Señalemos a este particular el nombramiento de Académico de Honor, en 1939, a favor de don Rigoberto Doménech y Valls, Arzobispo de Zaragoza, y el del Marqués de Lozoya y el de don Gratiniano Nieto Gallo en 1964.

La legislación actual, siguiendo el criterio centralista de los gobiernos isabelinos e 1849 y 1850, «ignoró» la inclusión de la Real Academia Aragonesa de Nobles y Bellas Artes de San Luis en el «Instituto de España», creado al amparo del decreto del Gobierno del Estado de fecha 8 de diciembre de 1937, por el cual recobraron todas las Academias el título de «Real», tratamiento que perdieron a raíz de la proclamación de la segunda República. El ministro redactor del decreto nos excluyó por nuestro rango «provinciano». La guerra la gana Madrid desde el propio Burgos, obediente al tradicional espíritu centralista que tantos daños ha causado desde que Felipe V ganó la batalla de Almansa. Es curioso constatar la persistencia del mismo error en liberales y absolutistas, monárquicos y republicanos, nacionalistas y marxistas, creyentes y ateos…

Meses antes de que en Burgos se diera de lado a la Real Academia de Nobles y Bellas Artes «de San Luis», es decir, en abril, se convertía Zaragoza en punto de cita de todos los académicos españoles residentes en la entonces llamada «zona nacional». El poder de convocatoria de la Academia aragonesa dio como resultado que pudiera celebrarse en la capital del Ebro una asamblea nacional de todas las corporaciones académicas de España. El salón de actos de la Real de San Luis fue el colmado escenario de tan sonado acontecimiento y su director, Miguel Allué Salvador, el presidente nato de la asamblea. De regirse ésta de acuerdo con las estipulaciones del decreto del 8 de diciembre, ni siquiera hubiese tenido derecho a asistir –por no dar la «talla» exigida– la propia Academia convocante… Tal despropósito legal continúa todavía, para sonrojo nuestro, como aragoneses, y para escarnio de un centralismo cegato y sin horizontes. La Academia de San Fernando estuvo parificada a la de San Luis por igual cometido institucional. La «cinta métrica» que redujo la estatura de la una para aumentar la de la otra fue de moral tan dudosa como la del ladronzuelo que aspira a vivir a costa de los bienes ajenos. El Madrid oficial –como la madrastra del cuento– sólo ve en su derredor apestosas cenicientas. Se explica lo de los trasvases, la piratería hidráulica ideada por el «centro» y por su remedo «periférico».

Ningún cronista más o menos conspicuo hizo mención del servicio prestado al arte nacional por la Academia de San Luis al situarse a la cabeza de las demás para poner en guardia acerca del expolio del tesoro artístico, abortando así una maniobra a gran escala que tenía como objetivo situar en el extranjero lo mejor de nuestro patrimonio cultural. Existe copiosa correspondencia de este tiempo en sus archivos, expresiva del impacto que causó su llamada de alarma en las naciones europeas. Quiso Suiza hacer intervenir a la Real Academia zaragozana para por su mediación devolver, al final de la guerra civil, gran parte del depósito allí acumulado y procedente de los museos españoles. Era de esperar que la gratitud obligada del Estado se concretase en algún testimonio material de su reconocimiento. Era de suponer, sí, pero a cuarenta y cuatro años fecha sigue esperando la Corporación en cuyo seno se dio Goya a conocer que Madrid, el Madrid oficial, naturalmente, rompa su ingrato mutismo, produciéndose con el talante amable que reserva a quienes lo merecen mucho menos».


Comentarios (1)

  1. Pingback: Bitacoras.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *